La Revista Iberoamericana de Educación es una publicación monográfica cuatrimestral editada por la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI)

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OEI- Ediciones - Revista Iberoamericana de Educación - Número 29

Número 29
Ética y formación universitaria / Ética e formação universitária

Mayo-Agosto 2002 / Maio-Agosto 2002

Ética, empresa y educación superior

Jorge Arturo Chaves (*)

SÍNTESIS: La preocupación por la formación ética de los agentes económicos individuales y empresariales se cruza con la discusión sobre el aporte que, en este sentido, puede proporcionar la educación universitaria. Sin embargo, esta contribución no tiene que entenderse de una manera convencional. A partir de una precisión en la manera de entender la relación entre ética y economía, y de una premisa sobre la manera como se generan socialmente los valores éticos, se plantea aquí un cambio en la forma de ver el proceso de educación ética, los protagonistas de la misma y la naturaleza de las prácticas formativas universitarias en dicho campo. Dentro de este marco se introduce la propuesta de una nueva estrategia y la de unos nuevos proyectos educativos que contribuyan a la generación de valores éticos en las prácticas sociales y productivas. Su realización dependerá de una nueva «alianza» entre las empresas y la universidad, y de que se asuma una perspectiva pluralista y democrática.

SÍNTESE: A preocupação pela formação ética dos agentes econômicos individuais e empresariais se cruza com a discussão sobre a contribuição que, neste sentido, pode proporcionar à educação universitária. No entanto, esta contribuição não deve ser entendida de uma maneira convencional. A partir de uma precisão na maneira de entender a relação entre ética e economia, e de uma premissa sobre a maneira como se geram socialmente os valores éticos, propõe-se aqui uma mudança na forma de ver o processo de educação ética, os protagonistas da mesma e a natureza das práticas formadoras universitárias em tal campo. Dentro deste marco, se introduz a proposta de uma nova estratégia e a de novos projetos educativos que contribuam à geração de valores éticos nas práticas sociais e produtivas. Sua realização dependerá de uma nova «aliança» entre as empresas e a universidade, e de que se assuma uma perspectiva pluralista e democrática.

(*) Director de la Cátedra «Víctor Sanabria» de Ética de la Economía y del Desarrollo, perteneciente a la Escuela de Economía y a la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión, Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica.

1. Introducción

El análisis de la relación entre ética, empresa y educación superior depende, a su vez, de la manera como se enfoque el tema más general de la relación entre ética y economía. Quizás por esto y por la diversidad a la que da lugar, las expectativas que suscitan reflexiones como la presente pueden ser muy variadas e incluso apuntar en direcciones divergentes. Algunos lectores puede que piensen más, en un primer momento, en las exigencias éticas requeridas en la organización y en el desempeño académico de una tarea educativa universitaria de calidad, en relación con la condición empresarial de la institución. Otros, quizás muy numerosos, estarán dirigiendo su interés al campo de la ética profesional, llevados, entre otras motivaciones, por la preocupación muy generalizada en torno al problema de la corrupción tanto en las empresas públicas como en las privadas, incluyendo algunas de renombre internacional. Pueden añadirse otras posibles interpretaciones. Para clarificar el tema que aquí se va a desarrollar es conveniente recordar algunas premisas elementales sobre el trasfondo general mencionado.

2. ¿«Ética de la economía» o «ética y economía»?

Es importante subrayar la distinción básica entre la economía como actividad y la economía como reflexión científica. En la primera acepción de lo que se trata es de las motivaciones, acciones y relaciones que se dan en el mundo real de la economía tanto a nivel micro como macro. En la segunda, la referencia se dirige a la economía como disciplina académica, como análisis teórico, sistemático de dichas acciones, motivaciones y relaciones de los agentes económicos, con el propósito de entender la dinámica propia de los procesos de producción, distribución e intercambio que tienen lugar a nivel nacional e internacional. A partir de aquí se abre la doble posibilidad de entrar en el campo de la reflexión ética sobre realidades económicas: área de «ética de la economía», o bien en la de la interrelación de la ética como disciplina con la economía, también considerada en su nivel académico, área de «ética y economía». Aun cuando ambas maneras de entender la relación entre ética y economía se corresponden, y las dos ofrecen aspectos de interés y plantean retos específicos a la educación universitaria, su distinción es muy importante y permite particularizar tipos diversos de actividades de reflexión y formación.

En la segunda perspectiva, la de la ética y la economía, el análisis económico reflexiona sobre la realidad, pero de manera directa e inmediata, no para modificarla sino para entender cómo se estructura y cómo funciona. En tal caso, la relación con la ética considerada también como disciplina –cosa que incluso es materia de discusión todavía–, se plantea con el interés de mejorar ese análisis y no el comportamiento moral en la actividad económica. En otras palabras, se trata de ver si una mejor relación entre la economía y la ética, como disciplinas, permite una mayor comprensión del comportamiento de los agentes económicos, de sus motivaciones, de la orientación y consecuencias de sus acciones, del logro de objetivos y del condicionamiento de todo ello por el entorno cultural, político e institucional. Es, sobre todo, la problemática generada por un divorcio entre ambas disciplinas en la perspectiva señalada la que ha sido objeto de un brillante análisis por parte del premio Nobel de economía Amartya Sen1. Este economista indio se aproxima al tema examinando en detalle la teoría de las motivaciones del agente económico que está en la base de la economía moderna, y sobre cuyos supuestos se han construido las principales teorías económicas vigentes. Hace ver cómo, en este caso, la perspectiva de la ética permite un enriquecimiento de dicha teoría motivacional, y plantea la necesidad de una reestructuración de la ciencia económica a partir de lo que esta modificación supone.

Con esa perspectiva, aparte de la que Sen asume, existen otros posibles ángulos que implican relación entre ambas disciplinas. Otros renombrados autores han introducido de manera directa o indirecta la discusión sobre la relación entre la ética y la disciplina económica desde puntos de vista algo distintos. Así, por ejemplo, la cuestión surge ligada también a la más que centenaria discusión sobre la existencia de la ciencia positiva, contrapuesta a la normativa. En el campo económico, aunque el debate se remonta al siglo xix, cobra actualidad con un célebre trabajo de Milton Friedman2, en el que se define categóricamente el campo de una economía que se limita, dentro de sus supuestos, a la descripción y análisis de lo que es, y excluye toda inclusión de aspectos normativos relativos a lo que debe ser. Otro nobel de economía, el sueco Gunnar Myrdal, desarrolla en varias de sus obras un enfoque que, por el contrario, permite apreciar la inevitable influencia de juicios de valor en la economía3. No es de extrañar que ambas posiciones hayan conocido abundantes reacciones en el medio académico y, sin duda, la discusión no ha llegado aún a su término.

Todavía existen otros modos de abordaje de la relación entre las disciplinas económica y ética. Sin que este sea el lugar para desarrollarlos, es importante mencionar al menos dos. Uno es el que asocia ambas disciplinas de manera necesaria al plantearse los interrogantes sobre los fines de la actividad económica. También aquí se cuenta con el aporte de Amartya Sen. Él se remonta a los orígenes de la economía, en donde identifica una doble raíz: la que se interesa más por la técnica, que tiene que ver con los medios, y la que se inclina más por la ética, que estudia y aporta los fines a la economía4. Para Sen, mantener unidas ambas dimensiones lleva a un enriquecimiento tanto de la economía como de la ética. Las dos, además, estarían relacionadas con la política como «arte principal», e incluso subordinadas a esta. Su explicación hace comprensible la integración de esas disciplinas por su relación con dos preguntas fundamentales que determinan la aparición de la actividad económica: ¿cómo hay que vivir? y ¿cuáles medios pueden fomentar lo bueno para el ser humano? No puede –no debería– pensarse lógicamente la economía sin querer resolver los interrogantes que plantean la definición de fines y la invención de los medios adecuados para lograrlo.

El último abordaje que se puede mencionar aquí es el de una visión sistémica de la realidad, dentro de la cual la actividad económica se ve como un subsistema del sistema global, incluso del ecosistema, en interrelación necesaria con los otros subsistemas social, político y cultural. En este enfoque, la apertura de la ciencia económica a la interdisciplinariedad y, en particular, al tema de los valores éticos y culturales, es irrenunciable si se quiere perseguir una mejor comprensión de su propio objeto de estudio.

La otra perspectiva, que se ha llamado aquí la de «ética de la economía», trata más bien de una reflexión ética sobre problemas de la realidad económica. Puede incluir diversas áreas de consideración: sobre todo, la del comportamiento moral de los agentes y de las instituciones económicas y la de la dimensión ética de los medios o instrumentos utilizados en la economía. Sin ánimo de ser exhaustivo, puede decirse que esto da lugar a tres tipos de éticas aplicadas: la profesional, que trata del comportamiento moral de los agentes económicos; la de la empresa y de las organizaciones, y la ética de las políticas económicas, de más reciente creación5.

Lo importante de las distinciones que se han introducido en estos párrafos es su utilidad para ubicar el tema del presente trabajo. Lo que aquí interesa es, en primer lugar, presentar un planteamiento sobre la tarea que corresponde a educadores éticos, o, si se prefiere, a la institución universitaria como educadora ética; en ambos casos, en el campo específico de la economía y con consecuencias para la relación entre la universidad y el mundo empresarial. Como se verá a continuación, los siguientes párrafos elaboran propuestas o sugieren posibilidades para dicha tarea educativa, que se relacionan con varias de las tareas para establecer la relación ética-economía. No se separan las diversas interpretaciones, aunque el énfasis se establezca aquí sobre la función señalada.

Como última nota aclaratoria, téngase en cuenta que la reflexión sobre el tema propuesto no se inicia ni desde el ámbito de la filosofía ni desde el de la educación propiamente dicha, sino desde el campo de la economía. Eso puede explicar de antemano el matiz que caracteriza a estas páginas. Aunque tal matiz distingue un poco este enfoque de otras presentaciones frecuentes, más que establecer distancia de las mismas puede aportar complementariedad para el análisis.

3. El enfoque habitual

Con mucha frecuencia, cuando se habla sobre el tema de los valores éticos en la sociedad y en la economía desde la perspectiva de su fortalecimiento –o «rescate» como algunos prefieren verlo–, se piensa de inmediato en el papel que le corresponde a las instituciones y a los procesos educativos para lograrlo. Se piensa en la escuela, el colegio o la universidad como instituciones que colaboran instrumentalmente con los intereses de la familia para lograr la formación ética de los ciudadanos. De ahí hay sólo un paso para pedir a quienes son responsables de alguna manera de las tareas universitarias que con la calidad de su ejercicio académico y con su ejemplo personal ayuden a transmitir esos valores y los hagan operativos e influyentes en la vida social en general y, en particular, en el campo de la economía y de los negocios. Parece lo normal y tiene su parte de verdad. Sin embargo, como sucede ante tantas otras afirmaciones hechas en nombre del sentido común, es conveniente detenerse unos instantes para precisar esta idea en particular y para matizar el sentido en que puede aceptarse tan aparente evidencia. Esa es la intención de nuestra reflexión: señalar cómo debe entenderse la labor educativa, con particular referencia a la educación superior universitaria, si se quiere que contribuya al fortalecimiento de los valores éticos en la dinámica social y, en concreto, en la económica.

4. Cómo no entender la educación en valores éticos

Es conveniente señalar la posición de este trabajo sobre cómo no deben entenderse las tareas educativas universitarias en materia ética. No se trata de que la universidad, como entidad especializada en el conocimiento, el análisis, la investigación y la docencia, pueda presentarse como la principal encargada de la formación ética de las generaciones jóvenes dentro de las diversas carreras profesionales. Por una parte, esa manera de ver la cosas resultaría muy restrictiva para concebir un aporte universitario de alcance nacional, teniendo en cuenta el porcentaje relativamente pequeño de jóvenes que logra llegar y luego graduarse en la universidad. Pero hay otra razón más sustantiva que pide enfocar este problema de una manera distinta, que es su consideración desde la naturaleza propia de la generación de valores.

5. La gestación de los valores

Relegar los valores éticos, y puede decirse lo mismo de todos los valores espirituales y culturales, a un ámbito «especial» fuera de la vida ordinaria, y esperar de los procesos escolarizados su aprendizaje, es prestarles un mal servicio. Los valores surgen por la finalidad que tiene toda cultura: proporcionar al ser humano un instrumental simbólico y unas prácticas adecuadas para sobrevivir y desarrollar una vida con calidad. Debería ser normal ver que la asimilación de esos valores se tiene que dar allí donde se generan, dentro de la construcción cultural misma, en las prácticas sociales, económicas y políticas, de producción y reproducción de la vida. En otras palabras, en la vida cotidiana del mundo laboral y de relaciones sociales. La educación formal sólo puede venir a continuación, como ayuda para identificar los contenidos éticos y espirituales en esas prácticas de la vida diaria. Después, como refuerzo social o de consolidación de los elementos que la comunidad estima en su experiencia como valiosos por su eficacia para producir vida de calidad, por hacer el planeta habitable y para permitir a la generación presente dejarlo en herencia digna a las venideras.

Por eso es que es preciso matizar la tan extendida idea que intenta presentar los problema éticos como problemas educativos; es necesario matizarla si cuando es presentada se está pensando, como suele suceder, en la educación formal. No es fácil observar cómo rescatar para un país determinado los valores morales y del espíritu, privilegiando en la educación superior tareas de análisis y docencia ética que se consideran identificadas con la formación moral ciudadana. Tal manera de ver las cosas se coloca inconscientemente en una perspectiva dicotómica en la que se separa el espacio educativo formal del de las prácticas de la vida real. Y esa dicotomía coloca en seria contradicción a los procesos educativos y los expone al fracaso, al dar lugar a que la economía, la política, el consumo, la producción, el ejercicio de la autoridad, y, en fin, las relaciones ciudadanas en general, caminen por su lado, se desarrollen produciendo sus propios valores y formando en ellos a los obreros industriales y agrícolas, a los comerciantes, a los funcionarios, a los profesionales liberales, mientras la universidad por su lado y la educación en su conjunto, analiza, diserta y exhorta a vivir conforme a otros valores, quejándose a la luz de estos, al mismo tiempo, de que la sociedad va perdiendo su calidad ética.

6. Un cambio necesario en la forma de ver el proceso

Para que un país se supere en esta materia es preciso reflexionar sobre cómo realizar un cambio múltiple en la estrategia formativa de los valores éticos y espirituales, en la definición de los actores responsables de dicha formación, de los espacios y del método adecuados a la misma. De ahí surge un giro en la manera de entender el papel que le corresponde a la educación, en particular a la universitaria, en relación con la formación ética en el campo económico. Se trataría de un cambio que resulte coherente con la manera de ver la generación de los valores, en la que se liga estrechamente con las prácticas sociales, económicas y políticas, de producción y reproducción de la vida. Conllevaría un esfuerzo por superar el divorcio que suele presentarse entre la dinámica de los procesos productivos y la de la educación formal.

7. Otros actores, otras prácticas, otros espacios

Es desde esa perspectiva que se entiende que una formación profunda y duradera en valores debe ser asumida por tres actores o grupos de actores, que, a menudo de modo inadvertido, son quienes conforman cotidianamente nuestro perfil moral y espiritual: los responsables de los centros de decisión económica, los que desempeñan cargos públicos y los núcleos familiares en cuanto funcionan como unidades económico-laborales. No son los pastores religiosos, los docentes o los padres como educadores explícitos y actuando como tales quienes tienen, de ordinario, más peso en la configuración del comportamiento ético y espiritual de las mayorías. De hecho son los valores o antivalores de la práctica cotidiana los que más nos calan. Los espacios donde más se juega esa formación tampoco son el templo, el aula o el rincón familiar, sino aquellos donde se establecen las políticas económicas, los patrones de conducta en los negocios, o donde la publicidad decide impulsar determinado tipo de consumo. Es allí, por más paradójico que parezca a algunos, donde hay que buscar los momentos más efectivos de formación ética y espiritual. Dentro de espacios semejantes es donde todos nos formamos cada día en las prácticas favorables o desfavorables a la justicia, a la equidad, a la solidaridad, al aprecio por la belleza o a la búsqueda de la trascendencia, porque allí se generan los procesos sociales, económicos y políticos que llevan a construir o a hacer inviables esos y otros valores. Es por ello que, desde el campo universitario, hay que acercarse a los responsables de las prácticas que se gestan en esos nuevos espacios para invitarlos a que nos permitan trabajar con ellos en la gestación libremente elegida de los valores éticos y espirituales que se consideren prioritarios para la vida social. La referencia se dirige, entonces, a los empresarios, a los equipos de diseño de políticas públicas y privadas, y a los padres de familia en los momentos de decisión familiar en estas materias, es decir, cuando planifican las labores que les proporcionan su ingreso.

8. La contradicción de las dicotomías

Debería llamar la atención que en ciertos planteamientos las tareas de la formación moral se planteen en el discurso corriente como una batalla constante entre las exigencias del espíritu y de la materia, entre las fuerzas de lo racional y de lo animal; como un duelo entre una naturaleza humana inmersa en las necesidades de este mundo, y la voz exigente de una ley superior que la incita a superarse de su condición natural. Tanto más debería llamar la atención cuanto más se percibe que esa contienda tiene algo de incoherente en la medida en que, por su propio planteamiento, no tiende a la extensión de los valores éticos sino más bien a su marginación del mundo de lo material. En el mejor de los casos, no logra el redimensionamiento de este en una nueva perspectiva, sino su sujeción y subordinación obligada a un orden de prioridades, existente tan sólo en el ámbito del discurso. Dentro de semejante visión ha sido fácil caer en satanizaciones de grandes áreas de la actividad humana, aunque por paradoja sea en ellas donde las personas se realizan en gran medida. Así se ha tendido a ver de manera negativa la actividad de la empresa, por estar abocada a la ganancia; a muchas prácticas científicas, por considerarlas materialistas, y, en general, a pensar las motivaciones éticas tan sólo como entidades de un mundo idealizado, rival del que realmente existe. Se ve que semejante planteamiento dicotómico –si se experimenta y reflexiona con cuidado–, sólo puede producir, por su propia naturaleza, moralismos o moralizaciones, es decir, exhortaciones extrínsecas que no penetran en la dinámica interna de las actividades humanas, en vez de lograr la animación de estas desde dentro.

9. Lo moral como excelencia espiritual-material

El sinsentido de las visiones dicotómicas o dualistas se hace manifiesto en la medida en que la humanidad va creciendo en un mundo en el que la investigación cada vez más profunda de los secretos de la materia conduce a adelantos vertiginosos de la ciencia, dentro y fuera del planeta. La propia comprensión de lo que somos como seres humanos se ve progresivamente ligada a la exploración de la estructura de algo tan material como nuestro mapa genético, y, con todo eso, más parece que se muestra la necesidad de entender la tarea de superación humana no como un combate entre el ángel y la bestia, sino como un empeño arduo, integrado, de esa unidad espiritual y material que somos por lograr la excelencia en todos los niveles de nuestra vida.

10. En el ámbito de la economía

Es quizás en el ámbito de la economía donde más pueden percibirse los efectos negativos del planteamiento ético dicotómico. Aquí la historia sería larga de narrar y no está concluida, ni mucho menos. Pero pueden percibirse sus lamentables efectos si se observan las discusiones entre quienes defienden la eficiencia y los que anhelan la equidad; los que se interesan por la producción, o los que se centran en la distribución; entre los que sólo se guían por la ganancia, y los que predican solidaridad. Una vez más parece establecerse un duelo irreconciliable entre la dinámica de las actividades materiales y lo ético deseable. A la larga, como se ha experimentado muchas veces en las últimas décadas, sobre todo en ciertas regiones del planeta, los planteamientos radicalmente alternativos de estos dualismos han conducido a enfrentamientos por largo tiempo irresolubles, a veces incluso destructivos y sangrientos. Pero aun sin llegar a esos extremos, detrás de todo ello, bajo la superficie de la vida diaria, se ha mantenido el mutuo extrañamiento de campos ya referido: por un lado, el de las prácticas materiales, productivas, mercantiles, y por otro, el de la exhortación a vivir de acuerdo con un mundo idealizado. Y, con ello, la separación entre la tarea ético-formativa de las instituciones de educación, y las labores del ámbito real de las empresas, los trabajos, los oficios de transformación del mundo material, los de definición de las políticas económicas.

Pero cuando se produce un esfuerzo por librarse de las dicotomías que nos afectan, puede descubrirse que, también en la economía, en la producción y en el mundo empresarial, la ética no es un elemento externo, ajeno, que esté en permanente rivalidad con sus intereses, sino que es más bien una dimensión que le pertenece, una forma de realizar cada una de estas actividades en su propia densidad, y que se encuentra dentro de su marco de posibilidades y objetivos. La realización de valores puede verse así no como una alternativa a la consecución de los propósitos materiales de cada actividad económica, sino como la forma que permite su realización con mayor excelencia. La tarea ética en el campo económico se transforma en una tarea abierta, de permanente descubrimiento de cuáles son las posibilidades que cada situación tiene para realizar al máximo los valores a los que se aspira de manera integrada.

11. Un protagonismo empresarial –público y privado– en lo educativo

Con estas reflexiones puede retomarse y ampliarse la propuesta ya enunciada sobre el cambio al que hay que apuntar según nuestro punto de vista, en el proceso de formación de los valores éticos. Dentro de ella, por raro que suene, se apuntaba un nuevo y diferente protagonismo educativo de los empresarios y de los gestores de las políticas públicas, derivado de la enorme influencia que tienen en la gestación de los valores que rigen las prácticas sociales. Junto a ese protagonismo, se propone una forma renovada de contribuir desde el campo de la educación superior a la formación de valores.

12. Un proceso de análisis de las prácticas cotidianas

Si es en las prácticas mercantiles, laborales, sociales en general, donde se generan los valores éticos y se consolidan las maneras de comportarse las personas conforme a lo que se experimenta como valioso o no valioso en la práctica, es preciso asumir el análisis de esas actividades para descubrir varias cosas simples, pero claves. Primero, analizar el tipo de prioridades que conllevan y transmiten esas prácticas cotidianas; segundo, examinar si esas prioridades corresponden al rango de posibilidades que, en circunstancias concretas, se ofrecen como la mejor forma de realizar esa práctica; tercero, considerar las alternativas que podrían conducir a esa mejor forma de realización. En la línea de esas alternativas, se abrirá el horizonte de posibilidades para proponer modificaciones factibles a las prácticas que se están induciendo en la actualidad, de manera que conlleven y transmitan los valores en los que socialmente se tiene interés y que se quiere que funcionen como prioritarios.

13. Un ejemplo ilustrativo: problemas éticos del consumo

Puede ilustrarse esta concepción con el ejemplo de las prácticas de consumo. En torno a ellas se suelen plantear diversos problemas éticos. Van desde la crítica al llamado consumismo o forma irresponsable de utilizar el ingreso propio en un afán de acumular objetos, sean indispensables o no, útiles o no, hasta su contraria, la crítica a una sociedad en la que unos sectores muy amplios no pueden consumir lo indispensable para sobrevivir con una vida plenamente humana. Entre uno y otro extremo lamentablemente complementarios, se encuentran otras modalidades de esas prácticas en las que se ponen en juego una serie de valores. Piénsese, por ejemplo, en el consumo de drogas o en cuestiones asociadas a dietas alimenticias dañinas para los jóvenes, tanto las ligadas a la anorexia, como las que afectan, por su mala calidad, a la condición cardiovascular de las nuevas generaciones. Ante este tipo de problemas, ¿cómo suele reaccionarse a nivel moral? Puede decirse que en muchos casos se hace «desde la barrera» y no desde dentro, desde donde se gestan. Es decir, se reacciona desde la exhortación a nivel del templo, del aula o del consejo familiar, donde se predican formas de consumo ideales, deseables, éticamente correctas. Sin embargo, los valores o falsos valores que rigen las prácticas reales siguen construyéndose indemnes, asociados a los usos continuados que son inducidos por los procesos productivos, y, de forma auxiliar, por el aparato publicitario que los refuerza. Allí, en ese ámbito de lo real, parece que lo que sigue rigiendo es la tendencia prágmatica a lo que resulta productivo y lucrativo, independiente y divorciado de lo éticamente deseable.

14. Para revertir las tendencias

Puede afirmarse que la experiencia enseña que estas tendencias no se revierten tan sólo con la crítica externa, y menos aún cuando esta parte de una visión maniquea en la que se condenan de antemano las actividades materiales a una suerte de nexo fatalista con los que se consideran falsos valores. Es indispensable penetrar en la dinámica de las actividades productivas, mercantiles, sociales, y desde ellas encontrar la forma en que pueda hacerse coincidir lo técnicamente factible con lo éticamente deseable; la realización de valores de eficiencia, ganancia y transformación material, con los valores éticos de solidaridad, equidad y libertad, todo ello en un ámbito de aspiraciones a lo mejor en la calidad de la vida humana. Es aquí donde entran a jugar un papel clave los empresarios privados, los gestores de políticas públicas y la universidad, en alianza con estos nuevos protagonistas de la educación ética.

Lograr que las actividades materiales y las prácticas culturales cotidianas se ajusten a nuestras mejores aspiraciones, y que generen el tipo de calidad ética que deseamos para nuestra sociedad, requiere un proceso de análisis como el que ya se mencionó, por medio del cual se descubran la posibilidades de hacer coincidir objetivos considerados hasta ahora como antagónicos. Un empresario medio debe luchar contra pesadas tradiciones o prejuicios, según los cuales «ser ético no paga», «la solidaridad está reñida con la eficiencia», «la equidad es enemiga del lucro», etc. Por sí solos, la mujer o el hombre de negocios no pueden ganar esta batalla, y quizás ni siquiera encuentren sentido para emprenderla. La institución educativa por su parte, y en concreto la universidad, seguiría realizando esfuerzos inanes si continuara intentando construir valores al margen del lugar donde estos se generan. Aquí es donde se plantea la necesidad de una alianza.

15. Una alianza entre la universidad y la empresa

Una reconstrucción ética y moral de la sociedad, dentro de la perspectiva que se ha tratado de abrir con esta reflexión, pasa entonces por la redefinición de los protagonistas responsables del proceso educativo ético. Coloca en primera línea a la educación superior, pero no aislada sino aunando esfuerzos con el sector empresarial y con los responsables de las políticas públicas en un intento común por descubrir la convergencia de la dinámica de la economía, de las relaciones mercantiles, de la construcción material, con la realización de la equidad, la solidaridad, la libertad, la justicia y otros valores socialmente prioritarios. Obsérvese que se trata de una tarea de descubrimiento que requiere esfuerzo, porque las formas de lograrlo no son evidentes por sí mismas; si lo fueran, hace tiempo que se hubiera podido lograr la construcción de países prósperos y de convivencia fraterna. De ahí el necesario aporte de los académicos, de los especialistas en la reflexión y en el análisis. Pero, por otra parte, requiere también empeño, porque sólo quienes están a nivel de la producción material pueden conocer con más certeza las restricciones y las posibilidades que ofrecen los procesos productivos a nuestros anhelos. De allí la implicación indispensable de los empresarios y de los responsables de las políticas de gobierno en esos campos.

16. Educación ética en las «aulas de la producción»

Al llegar a este punto se cae en la cuenta de que se está hablando del proceso de educación en valores como de un proceso que, en gran medida, se sale de las aulas y busca colocarse en el centro de la generación social de valores, allí donde las prácticas de producción y reproducción de la vida buscan su refuerzo simbólico. En esta perspectiva se definen dos líneas de actividad: una orientada a hacer presente la reflexión ética académica dentro de las empresas privadas y públicas. La otra, dirigida a traer al claustro universitario las experiencias de la vida real, donde tienen lugar los conflictos entre lo deseable y lo realizable. Ambas van a exigir innovaciones en la manera de practicar lo que se entiende como propio, en uno u otro caso, de la empresa y de la universidad.

17. Primeros pasos de una nueva estrategia

¿Cómo hacerlo? ¿Cómo vincular entre sí a las empresas, a los responsables de las políticas económicas y a las universidades en una obra común de formación ética ciudadana? En primer lugar, poniendo todo el empeño en difundir y profundizar la idea que se está exponiendo aquí, tratando de demostrar que los retos de la construcción de valores éticos no es tarea reservada a los formalmente educadores, ni que los desafíos de un aparato productivo eficiente pueden desconocer las implicaciones éticas de su propio funcionamiento; esforzarse, entonces, en lograr que en este campo de la ética ciudadana los empresarios se reconozcan como educadores, y los académicos como partícipes corresponsables de la actividad productiva. Ya el hecho de alcanzar este doble reconocimiento dejaría al margen falsas salidas para el problema de la formación moral, en las que, por los dualismos apuntados, se sigue procediendo sobre el supuesto de que los valores los definen y construyen gurúes iluminados de los que se espera el impacto de transformación. No es poco avance deshacerse de estos planteamientos inadecuados.

En segundo lugar, la vinculación entre la universidad y la empresa en la tarea de construcción ética debe establecerse a nivel de una estrategia concreta. Si se alcanza la convicción de que el desafío es común, la respuesta debe materializarse en un programa tangible que articule múltiples proyectos establecidos en colaboración. No debería ser difícil aceptar esta necesidad ni tampoco resultar compleja su elaboración. No más que en otros casos. En muchos países existen antecedentes de programas conjuntos universitario-empresariales que se emprenden con propósitos de alcance definido: capacitación y asesoría profesional, control de calidad, investigación y desarrollo (I+D), promoción artística y otros. No se trata de una mezcla de agua y aceite de la que hay que desconfiar como si tuviera lugar por vez primera. Vale la pena dar el salto de esas otras experiencias a esta que aquí se propone, de mayor envergadura.

Una estrategia concreta en la línea expuesta debe llevar consigo, además, la definición de proyectos específicos que canalicen el común esfuerzo por asumir consciente y explícitamente la generación de valores deseables para todos los ciudadanos. Se tratará de proyectos que echen a andar en el claustro y en la fábrica, en el comercio y en el campus, no como esfuerzos paralelos sino como modalidades de una misma dinámica educativa.

18. Proyectos ingeniosos

Dentro de las aulas convencionales los proyectos podrán asumir formas también convencionales, como cursos, talleres, investigaciones y otras actividades semejantes. Pero, incluso en este tipo de prácticas docentes, inyectando la dosis de creatividad requerida por la naturaleza de las nuevas tareas propuestas. Así, podrá descubrirse como más conveniente y eficaz, en vez de establecer los tradicionales cursos específicos de ética profesional, más bien incluirla dentro de los cursos propios de las diversas carreras, allí donde se tratan los problemas más relevantes de estos campos, módulos de reflexión y análisis sobre los valores éticos, culturales y espirituales que están en juego en cada aplicación de las ciencias, las artes y, en concreto, de la economía.

En lo que a investigación se refiere, este planteamiento supondrá integrar equipos interdisciplinarios, aunque no sea más que por la razón tantas veces sugerida en estos párrafos: que lo ético se descubre en el análisis de la densidad de las prácticas y situaciones de la vida social tal como es, de los espacios de libertad que ofrecen y de que, junto a la ética como disciplina, se exige la concurrencia de las diversas ciencias adecuadas para el análisis y la comprensión de la estructura y de la dinámica de esa realidad social.

Más imaginación e iniciativa se requerirá para pensar las formas que los proyectos podrían asumir en los espacios empresariales, tanto en la esfera privada como en la pública. Se tendrá que contar con mecanismos que favorezcan y den impulso a discusiones éticas en relación con las prácticas de producción y de relaciones mercantiles empleadas, con las de consumo inducidas y con las de distribución implicadas. Además, se tendrá que facilitar la inserción de los analistas en los espacios fabril, comercial y de gestión política, para que puedan acompañar y orientar esos procesos de reflexión.

Dada la transformación de la economía contemporánea, en la que la tradicional esfera empresarial privada ha asumido cada vez más responsabilidades públicas, y en la que la esfera estatal sustenta con tantos servicios a la empresa privada, la discusión de los valores éticos de los procesos productivos y mercantiles implica también a quienes en el Estado son responsables directos de la conducción de las estrategias de desarrollo del país, de su crecimiento económico y de la reforma política. Piénsese en los espacios de concertación social a todo nivel como en otros lugares privilegiados para desarrollar esos proyectos de discusión de valores éticos que ayuden a ir configurando las prácticas de las instituciones de gobierno, las de las empresas y otras organizaciones, en una línea de excelencia. Es la tarea de construcción de una ética de las políticas económicas y de las políticas públicas, más en general (Chaves 2000, 1999).

19. Disponibilidad empresarial

Podría dudarse acerca de si que un programa semejante sería factible. Amartya Sen (2000) decía, con un cierto toque de humor, que mucha gente es tan reacia a «mezclar» economía y ética, o desarrollo y ética, como a «mezclar» licores con conducir un automóvil. Se trata de un prejuicio que se acentúa cuando se piensa en la actividad empresarial, y que se halla tanto en los consumidores como en los empresarios. Se teme que, influidos por quién sabe qué oscuros y contradictorios mecanismos, los comportamientos éticos puedan llevar a una empresa a perder competitividad, a disminuir su ganancia y, en fin, a distorsionar su propia dinámica. Es más, como escribe la analista española Adela Cortina (1993), desde esa desconfianza surgen posiciones con respecto a las relaciones entre ética y empresa tales como las que suponen que para hacer negocio es preciso olvidarse de la ética común y corriente, porque los negocios tienen sus propias reglas de juego, su propia ética. O las que afirman que desde la perspectiva de maximizar los beneficios cualquier medio es bueno si conduce al fin, de manera que, en última instancia, business is business.

Si estos prejuicios representaran toda la realidad de las cosas, proponer la vinculación de la universidad con la empresa para asumir conjuntamente la tarea de formación de valores ciudadanos no sólo sería ingenuo sino carente de sentido. No obstante, los intereses del mundo de la empresa están cada vez menos representados por las mencionadas perspectivas. En una etapa que ya empieza a vislumbrarse como post-neoliberal, el análisis de las características a las que parece apuntar la nueva economía invita a comprender la complementariedad y no el antagonismo entre ética y éxito en los negocios. El tema reta a pensar en la necesidad de producir un pensamiento creativo en materia de conducción política y económica y de práctica empresarial. Se trata de construir una perspectiva ética y científica, teórica y práctica, que permita participar en este mundo globalizado con la capacidad de dar respuesta a desafíos aparentemente contradictorios: ser más abiertos al resto del mundo, fortaleciendo al mismo tiempo la identidad y la cultura nacionales; ser más competitivos y productivos, sobre la base de una mayor solidaridad y cooperación social; ser capaces de crecimiento material dentro del marco del desarrollo humano sostenible; y, en fin, con un sector empresarial más fuerte dentro de las reglas de juego claras de un vigoroso estado de justicia. Todo eso exige una alianza entre los planteamientos éticos y los análisis económicos, lo cual conlleva una alianza entre los esfuerzos de la educación superior y los de las empresas.

Aunque en otro orden de cosas, pero no demasiado distante de lo que se propone con la presente reflexión, una iniciativa de hace pocos años y todavía vigente de Koffy Annan, secretario general de las Naciones Unidas puede servir como motivación ilustrativa (Naciones Unidas, 1999; Paringaux, 2000). Consciente de los problemas que está creando el dinamismo de la actual globalización en el orden de los valores, Annan llamó en 1999 a un esfuerzo de cooperación entre la ONU y las elites internacionales del ámbito de los negocios. Este «Pacto Global», como él mismo lo bautizó, partió de la toma de conciencia de las serias dificultades que enfrentan ciertos países frente a la omnipotencia del mercado, de los límites que en materia de progreso social restringen a la globalización, y de los movimientos de oposición internacional que se han ido generando frente a las prácticas de la economía internacional. Annan, entonces, invitó al sector privado a dar una prueba de civismo y a asumir una corresponsabilidad con la ONU y sus agencias, para crear un cuadro de referencia y de diálogo que facilitara la convergencia entre las prácticas del sector privado y los valores universales, con la ONU como garante. Esta iniciativa, según lo consideran muchos, va en el sentido de la evolución actual de la humanidad, a pesar de haber desatado críticas por las formas específicas de realizarla.

Si es posible pensar en esfuerzos de esa naturaleza a nivel planetario, no resulta inadecuado pensar que, a uno más limitado, dentro de cada país la educación superior, y, en particular, las universidades estatales, podrían encontrar en el sector empresarial un interlocutor y un potencial cooperante para esta campaña de formación ética. Sería una ocasión única para invitar a hombres y mujeres de negocios a descubrir el verdadero carácter y naturaleza de la empresa como factor esencial en la estructura de la sociedad, y que, para su adecuado desempeño y autocomprensión, no se podría aislar del conjunto de valores, propósitos y metas de la sociedad como un todo. Difícilmente puede negarse que las empresas desempeñan un papel de liderazgo en el conjunto social, y no sólo en el plano económico. De ahí que no puedan renunciar a interesarse por los valores sociales que queden afectados por su propia práctica. Equivaldría a un lento suicidio para sus propios intereses, porque conllevaría la renuncia a recibir de la sociedad la delegación para producir los servicios que necesita y reconoce.

20. Desde una plataforma democrática y pluralista

Sobra decir que, en una sociedad moderna, la propuesta aquí planteada y la consiguiente estrategia para involucrar al sector empresarial junto con la educación superior en la construcción consciente de los valores éticos ciudadanos, no puede realizarse desde perspectivas «uniconfesionales» ni desde una sola ideología o grupo de intereses. Sólo será viable desde una perspectiva plural, en la que todos los grupos se sientan valorados y sus intereses tenidos en cuenta; desde un horizonte que recoja los mejores aportes de las diferentes tradiciones que configuran la cultura nacional, así como de las nuevas que van surgiendo. Esto es lo que corresponde a una sociedad como la actual, progresivamente más heterogénea en lo que respecta a sus creencias y concepciones de lo que es la felicidad y lo que define una vida de calidad.

21. Nota final

Cuanto se ha planteado conlleva en alguna medida un giro en lo que se refiere a la manera de concebir la educación superior en su relación con la formación de valores éticos. Hay que apostar porque se trate de un viraje factible, que encamine a la universidad contemporánea hacia una mayor coherencia y un mayor realismo en la formación en materia ética y espiritual. Puede sonar ingenuo hasta que se le compara con muchos de los actuales mecanismos educativos y de rescate de valores, que, dados sus escasos logros, parecen aún más ingenuos, y, en todo caso, poco eficaces.

Bibliografía

Chaves, J. A. (2002): «Ética y economía: la perspectiva de Amartya Sen», en: Estudios Filosóficos, núm. 146, vol. LI, enero-abril 2002, Valladolid.

— (2000): «Evaluación ética de las políticas económicas. Propuesta metodológica», en: Corintios XIII, núm. 96, octubre-diciembre 2000, Madrid.

— (1999), De la utopía a la política económica. Hacia una ética de las políticas económicas. Salamanca, Editorial San Esteban.

Cortina, A. (1994): Ética de la empresa. Madrid, Editorial Trotta.

— (1993): Ética aplicada y democracia radical. Madrid, Editorial Tecnos.

Goulet, D. (1999): Ética del Desarrollo. Guía Teórica y Práctica. Madrid, IEPALA.

Ladrière, J. (1978): El reto de la racionalidad. La ciencia y la tecnología frente a las culturas. Salamanca/París, Ediciones Sígueme/UNESCO.

Naciones Unidas (1999) Secretary General Proposes Global Compact on Human Rights, Labour, environment in Address to World Economic Forum in Davos, SG/SM/6881/Rev.1, 1 de febrero de 1999.

Paringaux, R. P. (2000): «Un pacte global», en: Le Monde Diplomatique, diciembre 2000, p.5, .

Sen, A. K. (2000): What Difference can Ethics make? Encuentro sobre «ética y desarrollo». Washington, D.C., Banco Interamericano de desarrollo.

— (1989) Sobre ética y economía. Alianza Editorial.

Notas:

1 Aunque el tema lo ha tratado este autor en múltiples publicaciones, destaca entre estas su célebre obra de 1987 Sobre ética y economía, cuya primera edición en español apareció en 1989, Madrid, Alianza Editorial.

2 La publicación original en inglés apareció en 1953: Essays in Positive Economics, University of Chicago Press. Una versión parcial fue traducida al español como «La metodología de la economía positiva», dentro de la obra de F. Hahn y M. Hollis (comp.)(1986): Filosofía y teoría económica. México, D.F., Fondo de Cultura Económica.

3 Ver de este autor Value in Social Theory. A selection of essays on Methodology by Gunnar Myrdal. P. Streeten, Routledge y Kegan, Londres, 1968. Y también El elemento político en el desarrollo de la teoría económica. Madrid, Gredos, 1967.

4 Ver la misma obra de Sen ya citada.

5 Con respecto a estos enfoques puede consultarse Adela Cortina (1994): Ética de la empresa. Madrid, Editorial Trotta, y Jorge Arturo Chaves: De la utopía a la política económica. Para una ética de las políticas económicas. Salamanca/Madrid, Editorial San Esteban/Edibesa.

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