Hace cincuenta años, tras el acre humo de los escombros de la segunda gran guerra, el mundo volvió a reconocerse. Contundente, emergía una inmensa crisis de valores. Los paradigmas que sostenían a la modernidad se desdibujaban. Entre ellos, uno de los que más sufrió el desprestigio y la pérdida acelerada de vigencia fue el del progreso inevitable.

Junto a los procesos de descolonización y a la consiguiente expansión del modelo democrático, se instaló la guerra fría. Fue una continuación de la disputa, no sólo en el plano político sino también en el otorgamiento de los significados. Mientras, la humanidad avanzaba hacia el fin del siglo...

Unido a esto, también podemos observar los pasos hacia la integración de las regiones, que ponen en cuestión tanto a antiguos como a nuevos supuestos. Por ejemplo, comienza a discutirse el concepto de soberanía del estado-nación, consagrado hasta entonces como instituto excluyente en la relación internacional.

En esta línea también aparece un hecho clave: la constitución de la Organización de las Naciones Unidas, como instancia de concertación mundial y expresión de la conciencia de que el mundo ya es uno.

De aquel humo también surge una ecúmene, fruto de casi cinco siglos de historia: Iberoamérica. La que habiendo sufrido en forma limitada la gran conflagración mundial, participó plenamente de los procesos posteriores. La tarea de construir racionalmente ese mundo único demanda a este nuevo actor la construcción de una herramienta acorde con su singularidad. Nace así la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura con una misión singular, que excede los necesarios e imprescindibles propósitos de cooperación entre países integrantes de un espacio determinado por la historia y la pertenencia a tradiciones culturales comunes. De tal manera, en forma creciente, Iberoamérica comenzó a percibirse como un actor diferenciado, y la OEI fue afirmándose como una de sus primeras expresiones.

Publicado: 1999-05-01

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